NOTAS / OPINION
 

 

Salón Nacional 2017: El disfraz de la subjetividad

por Pablo Campos - 06/2017


Salón Nacional de Artes Visuales. Una nueva edición. Pocas novedades. Las mismas pretensiones, mismas ideas; lo que redunda en piezas reminiscentes con algunas pequeñas variantes, pero en línea general, nada nuevo bajo el circular techo del Palais de Glace, al menos en la disciplina de Cerámica.

…………
-¡Claro! Estas son las mejores obras de arte seleccionadas…
-Que querés que te diga, a mí me gusta más aquella del rincón que el primer premio…
-Bueno por ahí no entendemos bien, ¿No te parece? ¡Son varios miembros del Jurado que deciden!
-Y sí, seguramente… por algo tiene premio ¿no?
-¡Ajá!
-¡Igualmente hay algunas piezas que no entiendo que hacen acá!
-Habrá que preguntarle al jurado
-¡Y al que las hizo!
-(Risas)
………..

La verdad ya estaba medio aburrido y ese dialogo escuchado por azar, me pareció digno del gran premio de honor. Esas tres personas me invitaron sin saberlo, a reflexionar.

Cuando la subjetividad se toma como objetiva, puede suceder que como mínimo, se tome la parcialidad como totalidad y “una” mirada como “la” mirada abarcativa y absoluta; entrando casi en el campo de lo dogmático, de la fe. Y ahí comenzamos muy mal y por ende terminaremos peor.

Comprendo que en toda competición (de cualquier índole que sea) existan reglas básicas. Se puede estar en acuerdo o desacuerdo con ellas pero estas, una vez establecidas son inamovibles hasta una posible futura revocación. Si se especifica que las medidas máximas de un objeto no deben ser mayores a determinados centímetros ni menores a tantos, sabemos que nos tenemos que ajustar a esa regla si queremos estar entre los competidores.

En toda competición suelen existir ganadores, es la sazón para el ego. Ser mejor que el otro en algo. Algo nimio la verdad, pero en la danza de los egos, es necesario la existencia del entorno.
En una carrera de caballos, el ganador es ganador fuera de miradas parciales, es decir, nadie puede negar que fue más veloz que el segundo. No se necesita un jurado para algo concreto.
Si todo está enmarcado dentro de las reglas competitivas el resultado es absolutamente objetivo.
Y ese ganador se puede ir tranquilo porque es inequívocamente más veloz que su contrincante. (Yo siempre pensé que se duerme tranquilo sabiendo que uno se entregó completo a determinada acción, sin importar la comparación, porque “la lucha es de igual a igual contra uno mismo, y eso es ganarla”* )

Ahora bien, pensemos en el Salón Nacional de Artes Visuales. Situémonos en los albores de un siglo XXI heredero de vanguardias y conquistas del siglo XX. Ya de por sí un “salón nacional” casi con la misma línea conceptual que en el siglo XIX es bastante obtuso y pasado de moda.
Pero obviemos ese punto y centrémonos que por ser una competición debe existir un marco regulatorio constituido por determinadas reglas. Hasta aquí estamos en libertad de participar o no de acuerdo a nuestra ética y deseo.
Supongamos que aceptamos las reglas y entramos en competencia.
Mientras exista esta aceptación y se presenten obras y haya espectadores, el salón tendrá vigencia, aunque sea casi negando el fluir de la historia del arte.
Hasta aquí es todo claro y concreto, sin lugar a dudas.

Pero a diferencia de la carrera de caballos, en un salón de arte a la hora de los “ganadores” (¿?) los parámetros cambian radicalmente con respecto a los equinos, pues aunque se quieran delimitar márgenes y líneas de meta para los ganadores, estos están pregnados por la subjetividad de la época y sobre todo de las miradas, en principio las que legitiman y luego las que observan y avalan ese veredicto por entenderlo irrevocable. La parcialidad.
Admito entonces que se necesiten mínimo tres jurados y largas discusiones para otorgar un premio.
Y ese es el primer punto contradictorio. Si existe deliberación no existe imparcialidad. ¿Entonces qué significa ese premio? A mi criterio, los premios guardan otras cosas, pero jamás es un premio objetivo por la obra, acá y en todo el mundo desde que se inventó el “arte” este está ligado a marcos muy blandos de legitimación. Un juego de vanidades y, economía.
Que quede bien claro, ese premio es el premio que tres o más personas deciden asignar a un trabajo determinado. No es un premio objetivo. Es absolutamente subjetivo. Y acá que comience la seducción de los egos, para quien quiera abrazar esos premios como si se besara a una Reina Etrusca, (sin saber que solo se besan los labios de esa Reina, en soledad y olvidando al mundo entero). Son muchos los artistas internacionales reconocidos como tales de forma indiscutible que no tienen ningún premio en competencias de orden nacional o internacional; y tantos Gran Premio de Honor de muchos salones que no son ni serán jamás artistas, ni sus piezas serán arte. El tiempo es inexorable.

Quiero decir, si el mismo salón se pudiera repetir con variedad de jurados, sería muy probable que los premios variaran, los ganadores mutaran, y los insatisfechos no poseedores de premios pasaran a tenerlos. Quien esté acostumbrado a participar en salones sabe que es así. ¿No es acaso frecuente que una misma obra sea rechazada en un salón y premiada en otro? Y esto es intrínseco del arte, dada su subjetividad y temporalidad. Van Gogh es un claro ejemplo conocido por todos.

Lo verdaderamente cierto, y que me motivó a escribir esta breve reseña fue lo siguiente:
Me quedé con muchas ganas de hablar entre esas tres personas y decirles lo siguiente:

¿Ustedes saben que casi el 80% de las obras presentadas son rechazadas? ¿Ustedes saben que se deben eliminar sí o sí obras porque el espacio de exhibición es reducido? ¿Ustedes saben que los lineamientos de un jurado se tratan de establecer en común acuerdo? ¿No les parece llamativo que haya una linealidad casi total en las obras de lectura literal con un discurso políticamente correcto y de moda acorde a la época? ¿No creen ustedes que si otro jurado actuara, con otra mirada, los premios serian otros, otra la selección? ¿No les gustaría a ustedes ver el total de las obras que pasaron las reglas establecidas y sacar sus conclusiones? ¿Sus propias conclusiones y no solo sobre un filtro de casi el 80%?
Y además…. ¿Ustedes saben que al salón nacional solo mandan los que tienen ganas? Es decir, hay mucho más afuera de estas circulares paredes.
Jamás se olviden de la absoluta subjetividad que reina en el arte. Un premio no es más que una mirada aislada y quizás presa de una postura socio-política determinada que condiciona algo. Quizás, solo quizás el arte este fuera del “arte establecido de salón” porque no estamos en el siglo XIX.

No lo dije, pero medite profundamente en ello. Y me dieron unos deseos enormes de ver la totalidad de las obras, de todos quienes participaron en este salón nacional de artes visuales 2017 y simplemente sacar mis conclusiones, con el simple objetivo de tener una mirada autónoma e imparcial y no digitada por un jurado subjetivo.

“Los medios informativos son generadores de mirada política, y crean una arbitraria postura sobre la realidad, porque recortan la información y muestran lo que conviene para determinado fin” ¿ese axioma no se puede aplicar a los salones también? ¿A los jurados? Acepto la premiación como subjetiva. No acepto para nada ver solo el 20% de quienes compiten, aunque sean los máximos perdedores, quiero verlos rodar como ese caballo que se cae y no llega a la línea final. Quizás cayendo su polvareda dibuje una hermosa y efímera obra de arte en el aire, dulce como besar los labios de una verdadera Reina Etrusca.

* El Tempano, Adrián Abonizio

 


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