Opinión

Abiaunaves#0 (a modo de prefacio)

Pablo Campos (publicado en CERAMICA, Nº26, Marzo 2006)

Wonsaponatime. Así se titula un disco que editó Yoko Ono en 1998. Recopila temas de John Lennon, versio-nes íntimas y rarezas como una simpática conversación con su pequeño hijo.
¿Qué significa wonsaponatime? Así escrito nada, en ningún idioma. Pero si oímos sin leer, es la trascripción fonética de la frase “Once upon a time...”, y ahora sí significa algo. Así comienzan generalmente los cuentos de hadas ingleses. En castellano es un equivalente al “Había una vez...”
Pero, ¿qué nos dice ese wonsaponatime? Eviden-temente, plantea un juego de conceptos y significados muy finos, tan finos quizás, como los que se plantean en la duda que tuvo Chuang Tzu(1) al despertar.
Hay fronteras que son vagas ¿Dónde comienza lo maravilloso? ¿Dónde termina? ¿Quién puede delimitarlo con seguridad? El hombre desde que es hombre transcurre entre vivos y muertos; cosas tangibles e intangibles; entrando y saliendo constantemente de un espacio para entrar en otro. Los mitos y leyendas son quizás un puente. Pero, ¿qué pasa si un hombre rige sola y exclusivamente su vida por lo maravilloso? ¿Qué si un hombre excluye limpiamente todo lo intangible de la vida? Quizás encontremos los dos extremos de una misma cuerda. Y un puente quebrado.
A mi entender, hay muchos puentes rotos en nuestro hacer de ceramistas. ¿De que lado quedamos? Quien sabe. Pero juguemos.

“Había una vez, en un lejano lugar que no figura en los mapas, un grupo de alquimistas. Levantaban largas columnas de humo, altas como cipreses, que salían de unas raras construcciones que llamaban hornos. Buscaban... quien sabe qué.
Hacían, alquimistas y discípulos, su arte, que consistía en dar formas a unas pastas que solo ellos conocían, para luego dentro de los hornos, ofrecerlas al fuego.
Dos grupos hacían sus conjuros. Rodeaban los hornos, místicamente entregados. Sus rostros encendidos por el fuego, eran radiantes. Un ave cantó a lo lejos.
En el horno más grande, una explosión brutal llamó la atención de todos. El alquimista del horno más pequeño, se acercó. Vio y escuchó.
Todos estaban alrededor de una gran pieza pulve-rizada. El alquimista responsable examinaba aten-tamente los pequeños trozos desperdigados, ana-lizándolos con un palito muy afilado. Iba señalando pequeñísimas, casi imperceptibles bolsitas de aire dispersas en el interior de los restos. Sus discípulos se amuchaban para ver, mientras el alquimista, atribuía alta responsabilidad a estas pequeñas burbujas.
- ¿Tan pequeños ojitos de aire, pueden arrastrar tan grande desastre maestro?, preguntó uno de los discípulos.
- Sí. Esos pequeños ojitos de aire, son en verdad larvas olvidadas por el Mirmecoleón(2), que al contacto del fuego, liberan su poder, quebrando nuestro arte.
- ¿Y cómo llegaron ahí, venerable deán?, preguntó otro.
- Se entremezclan con la tierra que juntamos, por eso hay que estar atentos a que ni el más mínimo de ellos esté en nuestras construcciones.
El otro alquimista, que veía y oía, volvió a su horno sin decir palabra. Pensaba. ¿Serán esas pequeñas larvas las responsables de la rotura, o quizás sean las lágrimas que dejó el Mirmecoleón antes de morir?”

Este relato de mi invención, solo sirve para... “en este momento de su narración, Scheherazada vio aparecer la mañana, y se calló”(3)

(1) Chuang Tzu soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba ser un hombre.  (Herbert Allen Giles, Chuang Tzu, 1889)
(2) Flaubert lo define, León por delante, Hormiga por detrás, con las pudendas al revés; muere por no poder comer.
(3)  Alusión a las mil y una noches. Scheherazada, viendo al final de cada noche aparecer la mañana, termina su narración (de ese modo) ante el rey, para continuarla, al nacer la próxima noche.

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