Opinión

Abiaunaves#2 (Quien decide es el horno)

Pablo Campos (publicado en CERAMICA, Nº28, Agosto 2006)

Al cerrar la puerta del horno, abrimos la puerta de la duda. Un pasaje a largas horas donde procesos linderos a la formación del universo tejen suertes y destinos. Una hendija de roja luz, tan cercana y tan distante. Nada más para palpar tan supremo proceso, donde dedos invisibles y caprichosos deciden como serán las cosas.
Y al abrir la puerta del horno y cerrar la de la duda, ya conjugados los destinos, vemos algo que no dependió de nosotros. El horno siempre decide el resultado de nuestros trabajos, puente a los ojos de una desconocida gnosis, barca en la cual nos encomendamos solo con nuestra fe.

Párrafo que ayudará a expiar culpas si las cosas al final de la horneada no resultan de nuestro agrado.  Pero no más que una suerte de palabras entrelazadas para mostrar otro gran mito: “quien decide, es el horno”. Nada más falso que ello, o en tal caso, decide cuando no sabemos como usarlo.
Veamos algunas consideraciones:

1) No tenemos posibilidades de ver el proceso transformador. Un esmalte aplicado no posee ninguna de las características con las cuales saldrá del horno,  aunque todas están en potencia. Solo luego de la horneada podemos verlas expuestas. Lo particular de ello es que cuando “vemos”, ya no tenemos acceso al proceso para modificar las cosas. Entonces puede ocurrir que esa combinación de esmaltes que creímos bellísima, luego del horneado, resulte un primer premio al mal gusto.
Si entendemos que ello es decisión del horno nos estamos equivocando, pues el horno no es quien nos dice como combinar esmaltes en determinadas formas. Y si bien el proceso está vedado a nuestros ojos, con el oficio, se aprende a preverlo con muy escaso margen de error.
2) Cuando el “mal” está en lo técnico-tecnológico. Esmaltes infracocidos, sobrecocidos, burbujeados, con cambios de color, ampollados, chorreados, nodulizados, piezas adheridas etc. son problemas derivados de la mala aplicación o desconocimiento de los esmaltes, de curvas de cocción inapropiadas, del escaso control de atmósferas, etc. Si bien durante el horneado algunos procesos se hacen visibles, no quiere decir que son inventos del horno. Si un esmalte es absorbido por el cuerpo cerámico es debido a la poca carga (en algunos casos puede ser una mala composición del esmalte), y el problema no es el horno, sino la aplicación. Pensar que estos defectos son “decisión” del horno, es nuevamente erróneo.
3) No es lo mismo hornear en un horno eléctrico que en un horno de combustión. En los hornos eléctricos, podemos decir que el margen de “sorpresa” es mínimo. En un horno de gas, leña u otro combustible, podemos manejar el margen de “sorpresa” un poco más, es decir, “manejar el horno” para tener algunas “sorpresas”. Pero así y todo hablamos de ellas en un orden sutil: en que sector y que “forma” tendrá una mancha producida por la volatilización de sales, o como será el deposito de cenizas y su impronta. Así mismo, son factores que con el oficio se pueden aproximar bastante al resultado final.
4) En rigor, los hornos “ideales” son muy difíciles de encontrar. La mayoría de los hornos tienen mínimas diferencias de temperatura en sectores de la cámara de cocción, o algún ladrillo medio roto; pero son problemas insignificantes que a la hora de trabajar no producen defectos. Hornos con grandes problemas (resistencias cortadas, puertas desvencijadas, mal calculo eléctrico o dimensional en el caso de hornos de combustión (de estos es fácil hallar varios malos ejemplos) etc.), sí producen horneadas con muy malos resultados. Ahora bien, en el caso de usar estos hornos, tampoco es acertado decir que el que decidió fue el horno. Muy por lo contrario, el que decidió hornear con ese horno y no tuvo el conocimiento necesario de la herramienta fue quien lo usó. En todo caso, podemos fallar en una horneada, pero no más.
5) También a tener en cuenta es el mobiliario y la carga del horno, el mantenimiento de las placas y pilares, de las paredes, el techo y las resistencias o quemadores. Ello influye de manera decisiva. Es parte del oficio comprender estos factores, pues si atoramos la salida de gases de un horno de combustión o atiborramos un sector de la cámara de cocción de un horno eléctrico, el resultado será negativo. Tampoco podremos decir que el que decidió el resultado de la horneada, fue el horno.

Es fuerte no poder ver la formación del color y la transformación de los elementos. Es fuerte que el horno sea una frontera irreversible e inevitable entre la potencia y el acto; o que tengamos que manejar la abstracción a la hora de “imaginar con nuestro oficio” un resultado. Pero comparemos en menor escala, la pincelada de un pintor. Está el pincel y su uso, y de ello depende el resultado. ¿Existe diferencia esencial entre un pincel y un horno?. Echarle la culpa a un pincel por un mal trazo, es lo mismo que echarle la culpa al horno por un mal resultado.

Es lógico que en un proceso tan largo y cerrado, puedan pasar imprevistos. El problema es creer que no puedan aportarnos aprendizaje o que no puedan ser evitados o solucionados. Nunca el horno decide por nosotros. Creer en ello trae como consecuencia el desconocimiento de una herramienta muy importante.
Y como reflexión, si fuese que los hornos deciden algo, ¿cómo subsisten las grandes fabricas de sanitarios, revestimientos, etc.? ¿Cómo hacen para mantener una producción constante y estable? Hoy día en la industria los índices de piezas desechadas son casi nulos. ¿Y las piezas de porcelana china, horneadas en grandes hornos alimentados a leña, hace miles de años atrás? Si los hornos hubiesen decidido los resultados, de seguro, los museos estarían llenos de piezas defectuosas.
El horno es sin duda la herramienta más compleja e importante del ceramista. Y también, la más olvidada en los planes de estudios. La más mitificada.

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