La alfarería con torno, amada o defenestrada, es dentro del oficio del ceramista uno de los medios de elaboración de formas más ricos.
En rigor es una técnica que, como todas, puede estar tanto al servicio de la expresión individual como al servicio de la producción de objetos funcionales. Me gusta definirla técnicamente como un proceso que nos permite construir formas tridimensionales por revolución en torno a un eje, usando un disco plano y horizontal que gira a bajas revoluciones, y como herramienta imprescindible nuestro cuerpo, eventualmente algunas herramientas secundarias, y claro está la arcilla, con la cual construimos el “vacío”, el “hueco”.
Cuando se piensa y entiende la alfarería de este modo, despojándola de preconceptos y desnudándola de vestidos rígidos, y si tenemos unas horas para un recorrido histórico (desde la lejana China hasta Peter Voulkos, por poner un ejemplo), veremos que no hay paradigmas de ningún orden.
¡Que frescura ese abismo!, tan lejos de lo superfluo. Que instancia interesante para pensarnos y generar sentido a nuestro trabajo. La alfarería debe ser reinventada sobre sus escombros buscando, de esa manera, algo de vitalidad y realidad contemporáneas.
“La tradición no es simplemente algo que ha de preservarse, lo crucial es como percibimos esa tradición [...] son nuestras percepciones lo que constituyen el presente y definen qué somos”, dice Kichizaemon(1) al hablar de la tradición en la cerámica Raku.
Pero estamos ante un discurso generalizado que propone un estereotipo de técnica, comprensión y espiritualidad muy estrecho y alejado de la búsqueda de autenticidad: entender a la alfarería como algo maravilloso pero al mismo tiempo como un esquema preestablecido (técnico-estético) inexorable. Una alfarería marcada por conceptos judeocristianos como el sufrimiento; una técnica para fabricar cacharros bien centrados pero desprovistos de sentido. Un culto al maquillaje a fuerza de retorneado y lija.
Así al menos la generalidad. Es fácil entenderlo si escuchamos los problemas y como entienden la alfarería la mayoría de los alumnos de talleres y escuelas. Ellos son un espejo del esquema que se plantea.
En general no se enseña a pensar la alfarería desde un lugar esencial y conceptual. Tampoco se enseña desde el oficio exacto como podría hacerlo un fabricante de macetas, alejado de cosméticas absurdas.
Se enseñan, a cambio de caminos, barreras; formas de corrección a cambio de buena construcción; y sobre todo se establece que las cosas deben ser así, sino está mal. No se orienta a reflexionar sobre el objeto, sobre el espacio, sobre la técnica y sobre nuestra imagen. Se enseña a cargar un peso terrible en vez de las ganas de bailar. Se muestra un sendero tibio por el cual no se llega ni al oficio ni a la reflexión. Solo basta ver la mayoría de los resultados.
En un sistema de pensamiento, reflexión y hacer tan estrecho, es lógico que la cosa decante en adictos o detractores; en elegidos o ineptos. Y muy rara vez en personas reflexivas que encuentren en su interior la forma auténtica de hacer su alfarería, y que al verla no se admire técnica u osadía, cubierta o pasta, sino que se les pueda creer a esas formas. ¿Queda otro camino para ello, que no sea la reflexión y la construcción de sentido en lo que hacemos?
(1)Kichizaemon(1949) XV generación de la familia Raku
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