Recuerdos de Javier Ramoneda/ por Julio Gómez - 11/2000
A fines de la década del sesenta, un sábado por la tarde, en una de mis habituales recorridas por los talleres, visité a una conocida ceramista de la zona norte, Acassuso para ser más preciso.
Cuando estaba por despedirme, me preguntó si había oído hablar de don Javier Ramoneda, un ceramista vecino suyo hacía poco llegado de España, y ante mi negativa sugirió que fuera a conocerlo y opinó que me resultaría muy interesante. Todavía era temprano y decidí visitarlo esa misma tarde. Vivía a sólo un par de cuadras, en un pequeño chalet con jardín al frente. Me recibió cordialmente y me invitó a pasar. Charlamos un largo rato y me comentó que vino de España debido a que allí el ambiente era muy represivo y no podía realizar su obra con la libertad que ésta le exigía. Le comenté a cerca de mi interés en conocer su obra y me dijo que la próxima vez que lo visitara lo haría con mucho gusto. Noté que al decirlo su mirada perdía brillo.
Siguieron unos días de gran excitación y una muy extraña ansiedad me impulsó a volver a su casa el sábado siguiente. Lo hice sin avisarle, como habíamos convenido, pero me recibió muy contento y mientras tomábamos un té me habló de gran cantidad de cosas. Parecía eufórico. Luego me pidió que lo tuteara y que lo llamara dom Javier, lo cual me pareció incongruente:¡no podía tutearlo y al mismo tiempo decirle don Javier! Además noté y me molestó que pronunciara dom en vez de don y me dí cuenta que exageraba para hacerlo más evidente. Comencé a impacientarme y lo debe haber notado pues interrumpió su charla y me preguntó si estaba preparado para conocer su obra. Luego me condujo hasta el fondo de la casa y en un pequeño cuarto que parecía una despensa, bajo una alfombra, estaba la entrada a su taller. Bajamos a un sótano por una escalera por demás dudosa. El lugar era oscuro y con fuerte olor a humedad.
Don Javier (o dom) encendió un par de velas y pude observar una estantería con una regular cantidad de piezas y una mesa larga de color negro con una cruz blanca pintada en el centro. No se veían hornos ni herramientas. Tomó una de las piezas y la colocó sobre la mesa, justo encima de la cruz.
En ese momento percibí una extraña sensación y tuve el impulso de tocar la pieza pero no pude hacerlo; una barrera quizás psicológica, me lo impidió. Me mostró varias piezas más, siempre colocándolas sobre la cruz. Los diseños eran vulgares pero irradiaban cierta energía vital que los hacía fascinantes.
Salimos del lugar y experimenté un gran alivio. Estaba muy confundido y traté inúltilmente de ordenar mis ideas. De pronto le dije que debía presentar sus piezas en algún salón de cerámicas y que si los jurados experimentaban la misma emoción que yo había sentido, sin ninguna duda premiarían su obra. Me miró fijamente y nuevamente sus ojos perdieron brillo. Luego me dijo que evidentemente no había captado el verdadero sentido de su obra pero confiaba que en el futuro lo haría. Me acompañó hasta la puerta, me tomó de los hombros y me besó en la frente. No pude evitar decirle ¡dom Javier!
Pasaron varios meses antes que decidiera visitarlo nuevamente. Al llegar a la casa encontré a otra gente y me dijeron que dom Javier (me pareció que pronunciaban dom, pero no estoy seguro) ya no vivía allí.
Sorprendido, fui a la casa de su vecina, la conocida ceramista, y me confirmó que dom Javier(¡ahora sí estoy seguro que pronunció dom!) se ha ido a otro país, no sabía cual, pues aquí tampoco podía realizar su trabajo.
Me hizo jurar que no revelaría su nombre (el de ella) y por eso no lo hago y me recomendó que hablara de este asunto lo menos posible, por mi seguridad.
Pasaron yá muchos años y he tomado plena conciencia de que al desvincularme de dom Javier (perdonen, pero aún hoy no puedo evitar pronunciar dom) he perdido una oportunidad irrepetible en mi vida de ceramista y si hoy escribo estas notas, con todo el riesgo que ello implica, lo hago con la secreta esperanza de que alguien que lo conozca o lo haya conocido me pueda dar algún indicio de su actual paradero. Desde yá, muchas gracias.
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